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Por Hernán Felipe Toledo

Ven Sígueme Jeremías 1–3; 7; 16–18; 20 | Antes que te formase en el vientre, te conocí

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Ven Sígueme Jeremías 1–3; 7; 16–18; 20 | Antes que te formase en el vientre, te conocí
Por Hernán Felipe Toledo • Publicación #19 • Visualizar online
Jeremías es un texto escrito en medio de mucha iniquidad. Para ver la clase en vídeo puede hacerlo en el siguiente enlace o si gusta puede seguir leyendo más abajo el resumen de esta semana.

Ven Sígueme Jeremías 1–3; 7; 16–18; 20 | Antes que te formase en el vientre, te conocí
Ven Sígueme Jeremías 1–3; 7; 16–18; 20 | Antes que te formase en el vientre, te conocí
Resumen de la clase
Durante el reinado del rey Josías, Dios llamó a Jeremías y le explicó que había sido preordenado para ser profeta a las naciones del mundo y predicar el arrepentimiento al Reino del Sur, o Judá. El pueblo había abandonado a Jehová y adoraba a otros dioses. Jeremías profetizó que los del pueblo de Judá sufrirían a manos de una nación enemiga como castigo por sus pecados.
Dios mandó a Jeremías que fuera a la puerta del templo y le dijera al pueblo de Judá que se arrepintiera. Jeremías profetizó que sufrirían a manos de una nación vencedora, pero que llegaría el día en que Israel sería recogido y volvería a ser el pueblo de Jehová.
Jehová mandó a Jeremías que advirtiese a los habitantes de Jerusalén que, a menos que se arrepintieran, la ciudad sería destruida. Por causa de su predicación, el pueblo afligió y encarceló a Jeremías. Profetizó que todos los de Judá serán llevados cautivos a Babilonia.
La preordenación en Jeremías 1:5
La palabra de Jehová a Jeremías no deja opción a dudas sobre nuestra existencia más allá de esta vida, en este caso antes de nacer. Respecto a eso el manual Leales a la Fe nos enseña:
“La doctrina de la preordenación se aplica a todos los miembros de la Iglesia, no sólo al Salvador y a Sus profetas. Antes de la creación de la tierra, a las mujeres fieles se les dieron ciertas responsabilidades y los varones fieles fueron preordenados a ciertos deberes del sacerdocio. Aunque no recuerdes esa época, ciertamente acordaste cumplir importantes tareas al servicio de tu Padre. Al demostrar que eres digno de hacerlo, tendrás oportunidades de cumplir las asignaciones que allí hayas recibido”(Leales a la fe: Una referencia del Evangelio, 2004, págs. 148).
La duda muere con la fe y el conocimiento (Jeremías capítulos 1 y 20)
En Jeremías 1:6 leemos, la reacción de Jeremías cuando recibe el llamamiento de profeta:
Y yo dije: ¡Ah, ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño.
Lo que contrasta notoriamente con el Jeremías posterior, el que había recibido testimonios tan poderosos de Jehová, en Jeremías 20:
7 Me persuadiste, oh Jehová, y fui persuadido; más fuerte fuiste tú que yo, y prevaleciste; cada día he sido escarnecido; todos se burlan de mí.
8 Porque cada vez que hablo, doy voces; grito: ¡Violencia y destrucción!, porque la palabra de Jehová me ha sido para afrenta y escarnio cada día.
9 Y dije: No me acordaré más de él ni hablaré más en su nombre; pero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; me esforcé por contenerlo, pero no pude.
Noten la gran diferencia entre el “soy niño” que denota inseguridad, versus el “fuego ardiente” metido en sus huesos que no podía contener, un testimonio firme de la grandeza de Dios y su capacidad de ser isntrumento en sus manos.
Jeremías 3:22. “…sanaré vuestras rebeliones”
El élder Jeffrey R. Holland, del Quórum de los Doce Apóstoles, confirmó que el Señor desea que nos volvamos a Él, aun cuando hayamos sido desobedientes a Sus mandamientos:
“Todo en el Evangelio nos enseña que podemos cambiar si es necesario que lo hagamos, que podemos recibir ayuda si en verdad la deseamos, que podemos ser sanados cualesquiera que hayan sido los problemas del pasado” (“A los hambrientos colmó de bienes”, Liahona, enero de 1997, pág. 77).
Jeremías 7:1–23. “Enmendad vuestros caminos”
El élder Donald L. Hallstrom, de los Setenta, enseñó que la adoración y las prácticas religiosas por sí solas no pueden salvarnos si no dejamos que las ordenanzas y los convenios del Evangelio lleguen a formar parte de nosotros:
“Algunos han llegado a pensar que la actividad en la Iglesia es la meta suprema. En eso yace un peligro. Es posible estar activo en la Iglesia y menos activo en el Evangelio. Permítanme recalcarlo: la actividad en la Iglesia es una meta altamente deseable; sin embargo, es insuficiente. La actividad en la Iglesia es un indicador externo de nuestros deseos espirituales. Si asistimos a nuestras reuniones, tenemos responsabilidades en la Iglesia y cumplimos con ellas, y servimos a los demás, eso se observa de manera pública.
“En contraste, los asuntos del Evangelio suelen ser menos visibles y más difíciles de medir, pero son de mayor importancia eterna. Por ejemplo: ¿Cuánta fe tenemos realmente? ¿Cuán arrepentidos estamos? ¿Cuán importantes son las ordenanzas en nuestra vida? ¿Cuán enfocados estamos en nuestros convenios?” (“Convertidos a Su Evangelio por medio de la Iglesia”, Liahona, mayo de 2012, pág. 14).
Jeremías 16:16. Pescadores y cazadores
El élder Joseph B. Wirthlin, del Quórum de los Doce Apóstoles, se refirió a nuestro rol de pescadores y cazadores:
“Esa, hermanos y hermanas, es la misión que tenemos como miembros de la Iglesia: Poner las manos en la red y ayudar a pescar a miles de buenos hombres y mujeres que están buscando la verdad” (“Tirando de la red del Evangelio”, Liahona, enero de 1987, págs. 59–60).
Barro en manos del Alfarero
El capítulo 18 de Jeremías comienza con una comparación bastante gráfica de lo que debe ser Israel. Un pueblo moldeable en manos de quien obra creaciones y milagros.
El élder Pinnock habló una vez al respecto, fijándose en otro aspecto poco comentado:
“El Señor le explicó a Jeremías que cuando cometemos errores como los que cometió el antiguo Israel, podemos tomar lo que hemos estropeado y empezar de nuevo. El alfarero no se rindió y tiró el barro sólo por haber cometido un error; de la misma forma, nosotros no debemos perder las esperanzas ni menospreciarnos, sino que necesitamos vencer los problemas que se nos presentan, aceptar lo que tenemos y somos, y empezar de nuevo.
“Algunos de ustedes que me escuchan han pecado en forma grave, vergonzosa y destructora; sin embargo, si siguen la simple instrucción dada por el Maestro, pueden hablar con el obispo, cuando sea necesario, y comenzar de nuevo como una persona renovada” (véase “Volver a empezar”, Liahona, julio de 1982, págs. 23–24).
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